Puede parecer algo fácil. Suena el despertador, lo apagas, te levantas y comienza la rutina diaria.
En primer lugar vas al baño, te aseas e intentas no dormirte mientras estás en la taza. Después te vistes y ventilas la habitación. Vas a la cocina y te preparas el desayuno: un buen tazón de lecho con cacao o café, algo para comer (dulce o salado, dependiendo del ánimo) y puede que hasta un zumo. Cuando has terminado, haces la cama, cierras ventanas y te das los últimos retoques en el tocador.
¡Ya estás lista para salir de casa a comerte el mundo!
¡Ya estás lista para salir de casa a comerte el mundo!
Pero ¡¡HORROR!!. Todo esta idílica mañana se va a al traste cuando el despertador decide no sonar o, peor aún, cuando durante el primer paso de tu rutina, decides apagar el despertador, pero se te olvida levantarte. Y ahí es cuando comienza la carrera.
La primera odisea es despertarte, porque recordemos que te has quedado dormida. Si tu pareja se levanta a la misma hora que tú, no hay mucho problema porque quedarse dormidos los dos en más difícil, que no imposible. Pero como llevéis horarios diferentes, la cosa se puede complicar bastante.
Hoy os hablaré de dos situaciones diferentes:
a) Que te despiertes tan tarde que no valga la pena ni intentar ir.
En un principio te asustas, llegas tarde, pero miras la hora y ya no puedes hacer nada. Llamas al trabajo y cuentas lo que ha pasado o te inventas una excusa. Optimista de ti, piensas que has ganado un día de fiesta (ya recuperarás horas otro día), pero tu conciencia te dice que lo que has hecho está mal. Así que dedicas tu día de fiesta a hacer recados:, comprar, limpiar la cocina, llamar a tu abuela, y una larga lista de tareas pendientes. Adiós a tu día de "fiesta".
b) Que te despiertes (o te despierten) tarde, pero con posibilidades de llegar a tiempo o no muy tarde a tu destino.
Lo peor de esta situación, es que ya empiezas el día acelerada y con mala leche. Tu bonita y tranquila rutina mañanera se trastoca por completo. Te levantas corriendo vas al baño, te vistes como puedes, dejas la cama sin hacer y ni siquiera desayunas. Como mucho te da tiempo de coger una magdalena para el camino. Para colmo cuando llegas al ascensor te das cuenta de que no vas peinada o que todavía tienes legañas en la cara. Lo intentas solucionar como puedes e intentas salir con tu mejor cara de casa.
Cuando llegamos al trabajo intentamos que no se note nada, pero llevas estrés acumulado y aunque parezca mentira, también sueño.
Así que mi consejo de hoy es que cuando te levantes un lunes y todo te de pereza, piensa que podía haber sido peor y no haber sonado el despertador.
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